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“Certo nível de concentração de riqueza é prejudicial para a economia”: Entrevista com a economista belga Ingrid Robeyns

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por Andrea Vigorito1 e Gustavo Pereira2

29 de junho de 2026

O  Boletim Lua Nova republica, na coluna de hoje, a entrevista com a economista e filósofa Ingrid Robeyns, originalmente publicada no portal uruguaio Brecha (edição 2111, de 8 de maio de 2026). Para a autora, catedrática do Instituto de Ética da Universidade de Utrecht (Países Baixos) e professora visitante no Centre for Analysis of Social Exclusion da London School of Economics, deveria existir um teto para o quanto de riqueza uma única pessoa pode acumular. É o que ela chama de limitarismo, tese que desenvolveu no livro Limitarisme (2023), em que argumenta que, no mundo contemporâneo, a concentração de riqueza ameaça a coesão social, a democracia, o meio ambiente e a própria economia capitalista. Agradecemos aos autores e ao Brecha pela gentil autorização para esta republicação. 

Andrea Vigorito —Queremos comenzar pidiéndote que definas qué es el limitarismo para un público amplio, no familiarizado con este concepto.

—El limitarismo es la idea de que debería haber un límite superior a la cantidad de recursos escasos que una persona puede poseer. Y, cuando hablamos de limitarismo económico, la mayoría de las veces nos enfocamos en la riqueza, porque la desigualdad y la concentración de la riqueza son mucho mayores que la desigualdad de ingresos. Y la concentración de la riqueza, además, causa muchos daños, que están en el centro de la fundamentación del limitarismo. Esa es la definición académica. Pero en el debate público suele decirse simplemente que el limitarismo es la idea de que debería haber un límite a la cantidad de riqueza que cada persona puede tener, lo cual también está bien.

A. V. —¿Cuáles son las consecuencias sistémicas de la concentración contemporánea de la riqueza y cuáles los mecanismos prácticos mediante los que el limitarismo propone mitigar esos efectos?

—Básicamente, cuando la riqueza está demasiado concentrada y la desigualdad es muy grande –en el plano conceptual son cosas distintas, pero en la práctica suelen ir juntas– se socava la cohesión social. Esto ya lo hemos visto en la literatura sobre desigualdad de ingresos y riqueza.

La concentración de la riqueza también puede perjudicar la economía. Porque suele venir acompañada de bajos impuestos o recortes fiscales para los más ricos, lo que implica menos recursos para invertir, por ejemplo, en educación para la población general y en bienes públicos que fortalezcan la economía en su conjunto. Una concentración excesiva resulta perjudicial.

Además, otorga poder, incluido el poder sobre los políticos, lo que aumenta la probabilidad de que ciertas empresas obtengan posiciones monopólicas o similares. Y sabemos que esto es negativo para los consumidores y para la economía.

El tercer problema es político: afecta a la democracia. Los grandes propietarios de riqueza pueden capturar el proceso democrático. Esto ya había sido estudiado por los politólogos. Hay investigaciones que muestran que los gobiernos responden más a los votantes ricos o con mayor educación. Pero lo que hemos visto en los últimos años, en especial en Estados Unidos, deja claro que el sistema político está, en gran medida, capturado por los superricos.

Por ejemplo, la imagen de la asunción de Trump dejó en evidencia que se trata de un presidente multimillonario cuyas políticas –como la big beautiful bill [ley fiscal del actual gobierno estadounidense]– no benefician a la población general, sino que incluyen importantes recortes que favorecen a los más ricos. Y uno de sus principales donantes, Elon Musk, que aportó la suma más grande que jamás se le haya dado a un candidato político –algo así como 230 o 250 millones de dólares–, obtuvo acceso a un departamento gubernamental, el Department of Government Efficiency, y a sistemas con información privada sin haber sido elegido. Esto muestra cómo principios democráticos, tales como la separación de poderes o el Estado de derecho, quedan debilitados por el poder que, en este caso, Musk obtuvo a causa de sus grandes donaciones.

También hay otros problemas políticos vinculados, como el lobby. Pienso que sería muy improbable que alguien como Musk pudiera tener una influencia tan alta en Europa continental porque hemos protegido a nuestra esfera política de la influencia excesiva de la riqueza al limitar las donaciones máximas que pueden hacerse a los candidatos. En los Países Bajos, una persona solo puede donar hasta 100 mil euros a partidos o candidatos. Sigue siendo mucho, pero al menos hay un límite. Aun así, los ricos encuentran formas de influir. Por ejemplo, mediante fundaciones. Incluso en países relativamente igualitarios, como los Países Bajos, hay un lobby excesivo de los más ricos. Allí se aprobaron reformas al impuesto a la herencia que beneficiaron a grandes empresarios tras campañas de presión de los propios dueños de grandes negocios. Lo de Trump y Musk y todo lo que ocurre en Estados Unidos es extremo, pero también ocurre de diferentes maneras en otros países.

Y hay consecuencias ecológicas. Los más ricos tienen patrones de consumo incompatibles con la sostenibilidad. Hay estudios –uno muy interesante e influyente es el de Lucas Chancel, Philipp Bothe y Tancrède Voituriez, en Nature– que muestran que, mientras en África la huella de carbono es de alrededor de una tonelada de CO₂ al año por persona, el 1 por ciento más rico emite 101 toneladas. Otro estudio muestra que los multimillonarios llegan a unas 8 mil toneladas en promedio debido a los jets privados, yates, múltiples viviendas, etcétera. Lo anterior es consumo, pero también hay emisiones que derivan de las inversiones. Si los superricos invierten sin pensar en el desarrollo humano, sino en obtener el máximo retorno de sus activos, producen daño ecológico.

En resumen, la concentración extrema de riqueza provoca múltiples daños. Creo que los economistas podrían capturar mucho de esto en términos de externalidades negativas en el proceso político. Porque, si tenés una concentración de riqueza tan alta, hay menos dinero disponible para la reducción de la pobreza. Y, si bien eso dentro de un marco económico no puede considerarse una externalidad negativa, puede verse como un costo de oportunidad de esa distribución. También podemos interpretarlo como un daño indirecto, porque todo lo fiscal está muy cerca de ser un juego de suma cero. Es decir, cuando se trata de impuestos, todo lo que no se tiene en términos de recaudación fiscal tampoco se puede usar para inversión pública y reducción de la pobreza.

Entonces, la cuestión del aumento en la concentración de riqueza extrema en la cima y la persistencia de la pobreza están relacionadas. Y lo están porque, si tuviésemos salarios mínimos más altos, una división distinta de lo que producimos en conjunto o políticas tributarias diferentes, los ricos serían menos ricos o, al menos, el crecimiento de su riqueza sería menor y tendríamos más recursos disponibles para hacer algo respecto a la pobreza, los problemas y los bienes públicos, etcétera.

Alguien podrá decir: «Simplemente tenemos que intentar reducir la desigualdad desde arriba hacia abajo», y yo estoy a favor de eso por completo. Pero también creo que sin duda debería haber una política pública para intentar reducir la concentración de la riqueza. En términos filosóficos, creo que tenemos un argumento para decir que, en cierto punto, ya es suficiente; que cierto nivel de concentración de riqueza es perjudicial para la sociedad, el planeta, la economía y la política. Pero también que realmente no tiene sentido volverse tan rico, salvo porque eso acarrea un poder excesivo, y no queremos que las personas tengan cantidades excesivas de poder.

Si el limitarismo se piensa de esa manera, como un concepto más filosófico, se vuelve algo aspiracional. Es que el objetivo de reducir la desigualdad de riqueza, en términos de política económica, y la idea filosófica de establecer un límite, para mí, van de la mano. Porque tiene que ver con qué podemos hacer en términos de acciones concretas. Y lo segundo, como aspiración, es algo así como un ideal al que se apunta, aun sabiendo que quizás nunca se pueda alcanzar por completo. Y mueve el debate público. Porque la narrativa pública, desde fines de los años setenta, desde la llamada revolución neoliberal, ha sido que «el cielo es el límite». Es decir, si las personas se vuelven ricas, es porque son muy exitosas y crean riqueza para todos nosotros. El enfoque del limitarismo cuestiona esa narrativa.

Gustavo Pereira —Mi preocupación es sobre la justificación normativa del limitarismo. Uno de los criterios que mencionás es la igualdad política, pero en otros momentos apelás a la idea de florecimiento humano, en especial desde el enfoque de las capacidades3. Creo que estos dos criterios pueden confundirse. Entonces, mi pregunta es: ¿Por qué no fundamentar la necesidad de un límite a la riqueza extrema directamente a través del argumento de la igualdad política? Lo del florecimiento humano parece más difícil de justificar en términos de razón pública…

—Es una gran pregunta. Y debo decir que hay una confusión de la que soy culpable. La razón es que, cuando empecé a trabajar en esto en un primer artículo largo, estaba pensando en realidad en una línea de riqueza, a partir de la idea de florecimiento humano [idea que remite al desarrollo pleno de capacidades humanas, en busca de la funcionalidad y el bienestar social]. Luego, empecé a explorar otras ideas y, al final, en verdad, exactamente como señales, hay dos ideas distintas.

La primera es la idea de que, en cierto punto, alcanzás algo así como un florecimiento humano máximo. Y, si tenés más dinero, más cosas o más recursos, ya no podés mejorar realmente tu calidad de vida material. A eso lo llamo la línea de riqueza máxima. Existen algunos estudios empíricos que se enfocan justo en ese concepto.

Luego está el otro concepto, la línea de riqueza extrema, que tiene que ver con los daños que produce la concentración. Esto se puede argumentar tanto a partir de la idea de igualdad política como a partir de preocupaciones ecológicas o cualquier otro daño que se considere más importante.

En efecto, son dos cosas diferentes que desarrollé en distintos trabajos a lo largo del tiempo. Pero esa idea de que ya es suficiente, de que algunas personas tienen demasiado dinero para su calidad de vida y no pueden mejorarla de verdad más allá del estatus, resulta atractiva para algunas personas, a la vez que la idea del daño atrae a otras. Lo interesante es que, aunque en términos conceptuales son claramente diferentes, las personas pueden sentirse motivadas por diferentes razones a pensar en un límite superior. Y eso ya es algo digno de atención, porque creo que ha estado en gran medida ausente de nuestro discurso público.

Ahora, es cierto que la idea del florecimiento humano puede ser más difícil de justificar. Desde un punto de vista académico y filosófico, sin duda; no podemos estar seguros por completo de justificarlo de forma puramente teórica. Pero también creo que, en una sociedad, decidimos muchas cosas tratando de argumentar y de llegar a algún tipo de consenso entrecruzado (overlapping consensus)4. Entonces, no estoy segura de que no pudiésemos tener un debate sobre esto.

Por ejemplo, si la gente creyera que la riqueza de alguien como Jeff Bezos se basa en gran medida en no respetar los derechos humanos de sus trabajadores o en no hacerse cargo de las externalidades negativas sobre el planeta y que, por lo tanto, no «merece» esa riqueza y, además, la utiliza para turismo espacial mientras, al mismo tiempo, niños que no tienen culpa de nada mueren por desnutrición, creo que muchas personas podrían argumentar que esa concentración de riqueza es difícil de justificar. Por supuesto que no todo el mundo, porque habrá quienes digan que eso es asunto de Bezos y que, mientras cumpla la ley, está bien. Creo que es debatible. De hecho, también tenemos cierto acuerdo pragmático en torno a la pobreza. Y creo que podríamos tener algo similar con respecto a la idea de florecimiento humano, aunque sería más controvertido.

G. P. —Desde tu perspectiva, ¿hasta qué punto es posible diseñar instituciones limitacionistas que limiten la riqueza extrema y, al mismo tiempo, sostengan la inversión productiva?

—No sabemos con exactitud en qué nivel comienzan a aparecer o agravarse todos estos daños que la concentración provoca. Tenemos algunos datos, la línea de riqueza extrema intenta documentar mejor eso: cuándo estos daños –ecológicos, políticos– se vuelven realmente inaceptables. Se podría tener, por ejemplo, una línea de riqueza extrema para proteger la política, otra para proteger la ecología y así sucesivamente. Todas empujarían hacia abajo el límite máximo de riqueza que cada persona debería poder acumular. Pero, al mismo tiempo, el argumento de que a las personas las motiva la acumulación de riqueza para trabajar, invertir y ser productivas empuja el límite hacia arriba, porque necesitaríamos más innovación e inversión. Hay una tensión: por un lado, los daños que sugieren limitar la riqueza y, por otro, los incentivos para permitir cierto margen.

Creo que esto es en gran medida una cuestión empírica, pero también depende de cómo organizamos la sociedad, porque las motivaciones de las personas pueden cambiar según el contexto. La idea sería encontrar un equilibrio.

El economista Jean Drèze ha criticado esto: dice que no deberíamos ceder tanto al argumento de los incentivos. Señala que también existen incentivos para la corrupción o para actividades económicas ilegales y que limitar la riqueza podría reducir esos incentivos negativos. Eso complica bastante la cuestión. De hecho, es gracioso, porque, en general, las críticas que recibo vienen desde la derecha y dicen que el limitarismo es demasiado radical; Drèze sostiene que no es lo suficiente.

Además, también está la cuestión de la innovación. Con el pensamiento neoliberal, tendemos a creer que son las empresas privadas las que impulsan la innovación. Pero, en los 30 años posteriores a la Segunda Guerra Mundial –aproximadamente entre 1945 y la crisis del petróleo en los años setenta–, el Estado tuvo un rol mucho más importante como motor de innovación. La economista ítalo-británica Mariana Mazzucato ha escrito sobre el Estado emprendedor, como ella lo llama. Y eso es una posibilidad: que el gobierno cree mucho más, aunque no implica que produzca directamente los bienes. Es decir, esa es una opción; otra sería una versión de socialismo. Pero, en este caso, el Estado financiaría y daría incentivos para la innovación. El argumento de los incentivos tendemos a darlo por sentado, creemos que es algo real y que explica todo, pero eso no necesariamente es así.

Como dije, el limitarismo se puede entender como un ideal aspiracional. Aunque conocemos cosas como las llamadas tasas impositivas óptimas, todo depende de muchos otros factores. Supongamos que las tasas impositivas óptimas o el punto máximo fuera, por ejemplo, del 70 por ciento. Al mismo tiempo, podríamos fortalecer los sindicatos para que la distribución previa (predistribución) ya fuera diferente. También se podrían adoptar muchos más mecanismos de control para verificar que la gente realmente pague sus impuestos, porque muchas veces tenemos reglas, pero no las hacemos cumplir. Lograr el cumplimiento efectivo (enforcement): comprometerse de verdad con la aplicación de las normas. Es decir, la distribución del ingreso y la riqueza es el resultado de muchos parámetros distintos, no solo de las tasas impositivas. Creo que tenemos que pensar con seriedad en todos estos diferentes factores y en cómo pueden modificarse para lograr una sociedad menos desigual.

A. V. —Según entendemos, la propuesta se centra sobre todo en las personas o los hogares. Sin embargo, ¿qué debería hacerse con las empresas, en tanto allí circulan ingresos significativos y rentas del capital que muchas veces no llegan a los hogares?

—Yo comparto la idea, que también sostiene Thomas Piketty, de que, en última instancia, el dinero pertenece a una persona. Pero hay elementos adicionales en el poder que tienen las empresas para provocar daños que no quedan capturados por el limitarismo tal como lo he planteado. Por eso, necesitamos pensar qué tipo de regulaciones son necesarias para las empresas, de modo que minimicemos los daños que pueden causar. Hoy tenemos empresas que son más poderosas que Estados enteros. Y esto se debe, en última instancia, al poder sistémico del capital corporativo. Creo que estos proyectos están relacionados, pero no son lo mismo. El limitarismo es un tema distinto, aunque conectado. Y en verdad celebro que haya gente trabajando en específico en relación a las empresas.

G. P. —Hay un problema con el ejercicio de la imaginación en nuestras sociedades. Creo que el limitarismo requiere una transformación de las creencias compartidas que determinan, por ejemplo, qué políticas se consideran posibles. De algún modo, propone cambiar los límites de lo que es posible. ¿Cómo imaginás una estrategia para transformar esas creencias compartidas sobre la riqueza para hacer que esto sea políticamente pensable?

—Sí, coincido por completo con que no se trata solo de políticas, sino de lo que es pensable. En algunas disciplinas lo llamamos ideología, pero en el ámbito público eso tiene una connotación peyorativa y dogmática. Así que también podemos llamarlo narrativa pública, o paradigma o aquello que es políticamente pensable. Y creo con firmeza –y no es solo una opinión, sino algo respaldado por la investigación académica– que eso ha estado fuertemente influido por el pensamiento neoliberal, que no trata solo de la privatización, los beneficios de la economía global o los límites de lo que puede hacer el Estado, sino que también ha cambiado la forma en la que entendemos al ser humano. Nos ha individualizado y cada vez nos hace más responsables de lo que hacemos, tanto si tenemos éxito como si fracasamos.

Eso implica que, si sos extremadamente exitoso en la economía, se asume que es mérito en exclusivo individual. Y, si sos pobre, entonces debés haber tomado malas decisiones. Sin embargo, sabemos que muchos de los factores que determinan lo que podemos hacer en la vida –nuestras oportunidades– están profundamente influidos por la suerte. Por ejemplo, las circunstancias en las que nacés: no elegís enfermedades, discapacidades o capacidades cognitivas. Tampoco a tus padres, a tu clase social, a las personas que te crían en la infancia –y los primeros 1.000 días son muy importantes–. Tampoco elegís el país en el que nacés. Por eso creo que una forma científicamente correcta de entendernos como seres humanos es reconocer el enorme papel que juega la suerte. Si estás en una buena posición económica, tenés salud y disfrutás de una alta calidad de vida, deberías agradecer lo que tenés en lugar de decir: «Me fue muy bien por mérito propio».

Para nuestros políticos –la gran mayoría– es inimaginable que el crecimiento económico no sea algo fundamental. La Comisión Europea tiene documentos al respecto. Fui a una conferencia allí hace un par de semanas y todo gira en torno a la competencia, la competencia por el crecimiento económico. Y entonces dicen: «Queremos competencia y crecimiento económico para salvaguardar el modelo social». Pero no piensan en la calidad de vida. Imaginar un mundo que no esté orientado al crecimiento económico es, políticamente, casi impensable. Solo en algunos sectores pequeños de la sociedad. Y creo que tenemos que pensar en límites; límites de cuánto tomamos de la Tierra, de cuánto tomamos de la sociedad.

Hay distintas posibilidades de imaginar una estrategia. Tengo una intuición, pero no puedo demostrarla, de que las cosas están cambiando, de que hay una corriente de personas que creen que deberíamos cambiar y, en esencia, reemplazar el pensamiento neoliberal –la ideología neoliberal– por algo más centrado en lo humano o en la vida, como se lo quiera llamar, y que esa corriente está creciendo. Por ejemplo, el proyecto Extreme Wealth forma parte de esto, la New Economics Foundation trabaja sobre estas cuestiones. El relator especial de las Naciones Unidas sobre la extrema pobreza y los derechos humanos también respalda la idea de límites. Entonces, hay un impulso importante que se está expandiendo. También tengo que decir que me encuentro con muchas personas de distintos ámbitos, incluso cierto tipo de élites –empresariales o políticas–, que en verdad creen que este es un tema del que deberíamos hablar.

Al mismo tiempo, el neoliberalismo sigue siendo fuerte. Y, en lugar de ser reemplazado por algo más parecido al desarrollo humano, está siendo reemplazado cada vez más por formas de autoritarismo, regímenes autoritarios, fascismo y dominio de los más poderosos. Así que estamos en un momento muy inestable de la historia, y por eso es importante que todos hagamos un esfuerzo adicional para intentar correr la ventana de Overton5 y lograr que cosas como la idea de límites sean políticamente pensables.

A. V. —¿Existen experiencias en algún país relacionadas al limitarismo o a temas afines? ¿Hay alguna experiencia que quieras destacar?

—No, me temo que es demasiado pronto para ver esto en la práctica. Hay algo interesante: en la actualidad, en París hay un grupo de estudiantes y jóvenes profesionales que crearon un proyecto –creo que se llama Wealth Cap Project [Proyecto de Límite a la Riqueza]–. Es un manifiesto o una declaración a favor de establecer un límite a la riqueza en Europa. Lo que me gusta es que ellos ya habían formado el grupo y estaban trabajando en esto, y luego alguien les dijo: «¿Conocen el libro de Ingrid?». Ellos dijeron que no, y ahí entramos en contacto. Ahora estoy colaborando con ellos. O sea, tuvieron esta idea de manera independiente. Y, para mí, eso demuestra que hay más personas que piensan que esto es necesario. No sé si califica como una experiencia, pero es algo relevante. Creo que algo se está gestando.6

  1. Andrea Vigorito é economista, professora titular no Instituto de Economia da Faculdade de Ciências Econômicas e de Administração, e co-coordenadora do Instituto de Pesquisa em Justiça Social e Desigualdades da Universidad de la República (Udelar), no Uruguai. ↩︎
  2. Gustavo Pereira é doutor em Filosofia e professor titular no Instituto de Filosofia da Faculdade de Humanidades e Ciências da Educação, e co-coordenador do Instituto de Pesquisa em Justiça Social e Desigualdades da Universidad de la República (Udelar), no Uruguai. ↩︎
  3. Perspectiva que sostiene que el bienestar y la justicia no deben medirse sólo por los recursos o ingresos, sino sobre todo por las oportunidades reales de las que los sujetos disponen para desarrollar sus capacidades. ↩︎
  4. Concepto formulado por el filósofo John Rawls para caracterizar un acuerdo entre personas que sustentan doctrinas basadas en convicciones morales, religiosas o filosóficas distintas, en torno a ciertos principios políticos básicos, aunque cada una los justifique por razones diferentes. ↩︎
  5. Concepto de Joseph Overton que hace referencia a la ventana de lo pensable y las posibilidades de lo impensable en una sociedad dada como herramienta de cambio político. ↩︎
  6. Referência Imagética: https://ingridrobeyns.info/ ↩︎

Revista Lua Nova nº 120 - 2023

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